Periodista independiente

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*DICHO POR ROCHA*

*Periodista independiente*

José Guadalupe Rocha Esparza

*Don José Guadalupe Rocha Araiza*, director general de El Correo de Parral, “Diario Regional Independiente”, publicó el 17 de marzo de 1954, la crónica de su tercer destierro, ocurrida 25 años atrás, precisamente el 17 de marzo de 1929, en que hubo de abandonar furtiva y sigilosamente su hogar, su familia y buscar refugio en el extranjero como un fugitivo.

Relata que la situación en Parral se hacía insostenible. Era imposible mantener incólume su posición de *PERIODISTA INDEPENDIENTE*. Los callistas lo acusaban de “Renovador” y ellos creían ver en *EL CORREO DE PARRAL* marcada predilección por el callismo de Francisco Plutarco Elías Calles Campuzano, con el que nunca simpatizó nuestro abuelo.

Escribe Rocha Araiza que, al mediodía de aquella fecha, regresando de las oficinas del periódico, establecidas entonces en la primera calle de Colegio, recibió una desagradable sorpresa: cerca de su casa, frente al templo de San Nicolás, vio estacionado un cochecito de dos caballos del que descendieron dos robustos militares cuando lo vieron llegar.

El ex General villista, Ricardo Michel y un oficial de la guarnición lo invitaron a subir al carruaje, un procedimiento que hacía entender que, quisiera o no, tenía que aceptar, máxime que iban armados. Luego fue conducido a la Jefatura Militar, establecida en la casa número 29 de la Avenida Centenario, cercana a la Estación de los Ferrocarriles.

Una vez presentado ante el jefe de la Guarnición, el coronel Atenógenes Mendoza, con ritmo marcado y tono fuerte, le recriminó, le reprochó, le reprendió su tibieza en pro de “la causa renovadora”, pretendiendo obligarlo en convertirse en un entusiasta renovador, admonición que don José Guadalupe Rocha reprobó como procedimiento en su contra.

Con las mejores palabras le hizo comprender que, como periodista independiente, llevaba todas las de perder, mientras que el régimen podía escoger la mejor posición para su defensa, incluso el abandono de la plaza a merced del enemigo. Negoció que EL CORREO DE PARRAL se concretaría a la publicación de Boletines Militares.

No confiado en el arreglo, el señor Rocha Araiza preparó la fuga y, al siguiente día, a la hora del crepúsculo, abordó un automóvil que lo esperaba en las orillas de Parral, más allá del Rebote de la Estación. Sus acompañantes serían empleados de la Empresa Calderón y Salas Porras de Chihuahua, dueños del automóvil, en aquel viaje intempestivo.

Rocha Araiza y acompañantes enfilaron rumbo a Camargo por el viejo camino de las torres, rodando en vehículo mecánicamente deficiente sobre polvoriento trayecto, llegando en la madrugada del 19 de marzo a la Perla del Conchos ateridos y hambrientos, entonces una población temerosa, asustadiza, casi desierta, por ese año de 1929.

Los caminantes descansaron en un mal hotel -no había otro- y al siguiente día marcharon a Chihuahua. Luego continuó solo el señor Rocha hasta Ciudad Juárez, convertida en un verdadero campamento militar, donde se advertía desde luego que los escobaristas del general José Gonzalo Escobar estaban dando la estampida a El Paso, Texas.

Para esas fechas, muchos de los Renovadores de la rebelión escobarista, que apenas días antes hacían alarde de su belicosidad, misma que iniciaron el 3 de marzo de 1929, se hallaban en El Paso, Texas, disfrutando unos de sus ganancias, y los más, pasando la pena negra y dispuestos a la “volteada” o a solicitar la amnistía de los EUA.

Chémare Salas, segundo al mando del director de El Correo de Parral, en funciones desde el 9 de agosto de 1927, periodista, intelectual, cronista local, bohemio, pionero de la radio XEQD, “toreando al toro”, cubrió la retirada, publicando el 18 de marzo de 1929, que Rocha Araiza había salido de Parral en busca de papel para el periódico.

Un fuerte altercado tenido en presencia del señor general Antonio López de Mendoza, con el flamante coronel renovador, licenciado Ángel Altamira, le hizo cruzar el puente internacional al señor Rocha Araiza, antes de lo deseado. Altamira había sido Juez de lo Penal en Parral, traficante de la justicia, censurado por El Correo de Parral el 5/02/1929.

En el recibidor, entrada o pasillo del Hotel Fisher en El Paso, Texas, histórico edificio de 1881, solían reunirse diariamente los expatriados parralenses, quienes sostenían animadas y divertidas charlas, vestíbulo donde José Guadalupe Rocha Araiza interactuaba con los diputados locales, profesor Francisco R. Almada y Valente Chacón Baca.

De igual manera, el señor Rocha socializaba con Ascensión Almanzán e ingeniero Gustavo L. Talamantes Esparza, donde juntos merendaban en un modesto café de chinos y de vez en cuando asistían a una función de cine mudo y vanguardista como “El hombre de la cámara” de Vertov, “un perro andaluz” de Luis Buñuel y “Chantaje” de Alfred Hitchcock.

También Rocha Araiza visitaba el Hotel Paso del Norte, donde estaba Nicho Arras, así como el Hotel Savoy de la calle Stanton, construido en 1915, donde moraba un numeroso grupo de refugiados chihuahuenses donde juntos planearon un viaje a California, aprovechando la gentil oferta de hacerlo en el automóvil del señor licenciado Antonio Sarabia.

El señor Rocha Araiza emprendió la excursión, con la grata compañía del licenciado Alberto de la Peña Borja, señor Enrique Hernández Gómez, presidente Municipal de Parral en aquellos días, quien hacía gala de su melodiosa voz de tenor, amenizando el viaje cantando, además de intérprete bilingüe, así como del señor don Julián T. Ríos.

Decía nuestro abuelo Rocha Araiza que el viaje había sido delicioso, a pesar de hacerse en plan de refugiados. En las pequeñas comunidades de Texas, Nuevo México y Arizona eran recibidos curiosa y amablemente por los “primos” (sic) haciendo mil preguntas sobre la revolución que se la imaginaban como en los tiempos de Pancho Villa.

Apuntaba el director de EL CORREO DE PARRAL que el caudillo de la renovadora, Plutarco Elías Calles, no le llegaba ni a los talones al Centauro del Norte. Al entrar a Phoenix, volaban por el espacio las melodías del vals inmortal de Juventino Rosas, “Sobre las olas”, esparcidas por un enorme órgano anunciador ambulante.

Aquellas notas, así como “Júrame” de María Grever, “Un viejo amor” de Alfonso Esparza Oteo, “Ojos tristes”, “Estrellita” y “A la orilla de un palmar” de Manuel M. Ponce, hacían que la Patria tan cercana cantara en los corazones parralenses de José Guadalupe Rocha, Alberto de la Peña Borja, Enrique Hernández Gómez y Julián T. Ríos.

Al llegar a California, Rocha Araiza describe el lugar como un dilatado horizonte de valles y montañas que sin quererlo ponía en los espíritus de los viajantes el estrujante recuerdo de la más dolorosa de nuestras tragedias nacionales. Se sucedían entre ellos las evocaciones de las figuras centrales del drama: Antonio López de Santa Anna y Filisola.

Rocha Araiza rememoraba también a Houston y Austin, Taylor y Scott, los almirantes Jones Sloat y Stockton, con tintes de piratas; el filibustero Fremont, disfrazado de explorador científico; Jackson y Polk, los bajos presidentes de un gran pueblo libre, convertidos en instrumentos de los esclavistas, jurados enemigos de la libertad humana.

Rocha Araiza reconocía la voz valerosa y justiciera de John Quincy Adams, a quien calificaba como insigne patriota, recto e inflexible. Mientras José Guadalupe Rocha recorría San Diego, San Juan Capistrano, Santa Mónica, Los Ángeles, San José, San Francisco y tantos y tantos nombres hispanos en California, recapitulaba figuras.

Decía que mientras cruzaba California veía un desfile de luminosos misioneros con divina locura de redimir almas; férreos conquistadores sedientos de gloria y de aventuras; audaces fundadores de pueblos, pléyade ilustre que con sus pendones llevaron hasta esas tierras lejanas el nombre de la España inmortal, epopéyica, la más radiante de América.